
Todo director y guionista de cine, como José Luis Garci, con una trayectoria que comienza en los años setenta hasta nuestros días, tiene el derecho y quizá hasta el deber de desarrollarse personalmente a la par que lo hace su cine y lo que en él refleja. Ocurre que su evolución en concreto ha sido politizada por algunos cinéfilos, desde mi punto de vista, injustamente. Es muy fácil concluir que “Asignatura pendiente” es una película de izquierdas y “Tómbola 1950”, de derechas, y además aducir que el autor ha modificado interesadamente sus temáticas según se relevaban las distintas ideologías en el poder; por un puro lameculeo de tiralevitas o un subvencionado instinto de autoprotección. Viendo las películas de Garci y recordando sesgadamente su trayectoria personal, me parece que esta teoría es un tanto simplista.
...Decanta el caldo
En 1979 Garci realiza la película “Verdes Praderas”. Garci firma el guión junto a González Sinde, y los protagonistas principales son Alfredo Landa y María Casanova. Alfredo Landa es un creativo publicitario de una gran compañía. Sus ideas son las mejores pero su valor como profesional queda en un segundo plano a ojos del jefe de la empresa, debido al generalizado peloteo que practican sus compañeros. Todos ellos, incluido Alfredo Landa, tienen un chalet en la sierra de Madrid al que acuden los fines de semana, quedan a cenar y tienen creado un equipo de fútbol de una liga regional. La acción de la película discurre en uno de esos fines de semana. Una serie de nefastas circunstancias van a transcurrir durante esos dos días, que harán que el personaje de Alfredo Landa (Rebolledo) se plantee su relación con su mujer, con su trabajo, con sus hijos y consigo mismo a la vez.
Esta película es un furibundo ataque y sin medias tintas a una burguesía hipócrita y cicatera, a un modo de vida cínico y carente de sentido, lleno de aprovechados sin escrúpulos. Alfredo Landa es un hombre que ha llegado a su posición trabajando duro desde abajo y que proviene de una familia humilde, por lo que siempre le vemos fuera de contexto dentro de un círculo social que en el fondo detesta pero admite como irremediable. Al final de la película se produce su liberación personal, su purificación, ayudado por su mujer; la relación ente ambos evoluciona constantemente, sugeridamente. Ella va dándose cuenta de las carencias que sufre su marido y que la comprometen directamente. Un papel bordado por María Casanova , y un personaje femenino fantásticamente dibujado: autoritario e independiente, pero comprensivo e inteligente, sensual y fría al mismo tiempo, más complejo de lo que se puede ver desde la superficie, como ya le gustaría escribir a tantos interesados en lo “femenino”.
La película se mueve en tonos de comedia y drama, imitando un tanto las películas de Jack Lemon de su época como El Apartamento o Días de vino y rosas, adaptadas a un Alfredo Landa hispánico, bonachón y un tanto calzonazos que va ganando comicidad y dramatismo al mismo tiempo, según la trama le va cargando de ira, tragedia y melancolía; y a la vez que la película se va cargando también de profundidad hasta el desenlace final, que me atrevería a llamar de ideología, si hubiera que etiquetar alguna, cercana al anarquismo.
Garci como director está soberbio en la parte final. La sierra madrileña parece ir convirtiéndose lentamente en un sombrío paraje lleno de fantasmas en donde Alfredo Landa expresa por fin su angustia, su rabia, y su decepción por la vida que tanto le ha costado alcanzar y que acaba tratándose de una gran farsa para él. El diálogo con María Casanova en el bosque es de esos cinco minutos espléndidos de diálogo íntimo que Garci nos tiene siempre guardados; y al igual que siempre, también existen esos otros diálogos que se encuentran pisando la ambigua línea que separa lo magistral de lo ridículo, y sobre a la que Garci, siempre valiente, le encanta hacer equilibrios.
Garci como guionista con González Sinde, tiene buen pulso literario para describir cómo es la vida de ese Alfredo Landa decepcionado con su vida, que ha luchado para llegar donde está (recordemos que Garci trabajó de cajero en un banco y luego en Taurus antes de llegar al cine), y que mira con cierto desprecio irónico a esa panda de lameculos, pelotas, interesados y snobs que seguramente Garci ha conocido. Ahora no me puedo imaginar a un José Luis Garci con esa conciencia social, comprometido con la experiencia que conoce. Recordemos que Garci ha sido el único director con la valentía de explicarnos lo que significó la transición para muchos políticamente activos que, caído el régimen, se quedaron sin su sustento vital y empezaron a aburrirse. Y creo que es un director aún con el talento suficiente para seguir implicándose en la vida real, aunque no simula apetecerle. Contar de nuevo “Marcelino, pan y vino” en un convento de clausura, o las diatribas emocionales de una chica caminando por la playa, o hacer un fresco muy digno de la España de 1950, no tiene nada que ver con “Verdes praderas”.
Garci se ha sentado en el columpio de ese parque de su infancia, en el que las hojas anaranjadas caían de los árboles caducos, y no quiere dejar de columpiarse. “Verdes praderas” es una película digna y que hoy en día está de plena actualidad, porque seguramente, en este país, no puede ser de otra manera. Garci seguramente no quiere volver a coger con pasión las riendas de la realidad para contarnos una historia semejante, pero esto no tiene nada que ver con sus ideas políticas, a mi entender, sino con un proyecto aislacionista propio que evita vernos, tocarnos o relacionarse con los que vivimos en el planeta España en el 2006. Cabe la posibilidad de que tenga sus buenas razones para hacerlo.